Resumen
Luna Vallen fue la encarnación de la serenidad humana en un mundo dominado por la guerra y la oscuridad.
Hija de un astrónomo y una curandera, creció entre el conocimiento de las estrellas y la sabiduría de la tierra.
Creía que todo en el universo, desde una flor hasta una supernova, poseía un pulso, una melodía invisible que unía a los seres vivos.
Durante los conflictos en Transilvania, ofrecía cuidados a los heridos de ambos bandos, sin miedo ni prejuicio.
Fue allí, entre tiendas de campaña, fuego y dolor, donde conoció a Alucard Aris, entonces un joven estratega humano de apenas treinta años.
Su encuentro fue silencioso, pero inevitable: él buscaba descanso entre batallas; ella, almas que sanar.
Ambos encontraron en el otro la paz que el mundo les negaba.
Alucard y Luna se retiraron del caos y construyeron una casa entre los bosques de Transilvania.
Vivieron casi una década juntos, compartiendo una vida sencilla: él cazaba, ella observaba el cielo.
En esa calma, Alucard aprendió por primera vez lo que era el amor, la risa y la humanidad.
Pero el destino no olvida.
En 1496, Mordrek regresó tras años de exilio, portando los ecos de Nocturna y su locura creciente. Alucard lo acogió en su hogar.
Fue entonces cuando Mordrek conoció a Luna, y algo en su interior se quebró: su amor no correspondido encendió la envidia y la obsesión.
Buscando destruir aquello que nunca podría tener, Mordrek orquestó una trampa con fragmentos de Nocturna para manipular la mente de Alucard.
Durante la emboscada, lo maldijo y lo transformó en vampiro, no para salvarlo, sino para condenarlo.
En el frenesí de la transformación, Alucard perdió el control y mató a Luna con sus propias manos.
Fue el acto más devastador de su existencia y la cicatriz que jamás sanó.
Desde entonces, su espíritu se vinculó a Nocturna. Cada nota que Alucard toca vibra con la memoria de Luna.
Dicen que, cuando Nocturna brilla con luz plateada, Luna escucha y perdona.