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Corredor norte de Vardthavn
1601

Corredor norte de Vardthavn

La niebla se pegaba a los mástiles como un secreto. A esa hora, cuando la marea respira hondo y el viento cambia de parecer, Lucas Veynar terminó de limpiar sus revólveres en la cubierta. Iba a guardarlos cuando notó algo que no encajaba: el silencio del astillero. Ni cadenas cantando, ni voces de guardia, ni la madera que suele crujir por puro gusto de vivir. Subió a la cofa con la ligereza de quien se ha jugado la

Corredor norte de Vardthavn - (1601)

La niebla se pegaba a los mástiles como un secreto. A esa hora, cuando la marea respira hondo y el viento cambia de parecer, Lucas Veynar terminó de limpiar sus revólveres en la cubierta. Iba a guardarlos cuando notó algo que no encajaba: el silencio del astillero. Ni cadenas cantando, ni voces de guardia, ni la madera que suele crujir por puro gusto de vivir.

Subió a la cofa con la ligereza de quien se ha jugado la vida en perchas peores. La niebla, abajo, era un océano dentro del océano; pero entre cortinas blanquecinas vio sombras avanzando: cascos deslizándose sin faroles, velas ya cimbreadas, cabos cortados, marineros que no eran suyos. Se le tensó la mandíbula. Puso el catalejo. Emblemas raspados, colores de Immortalis y de la Corona tapados a cuchillo. Una flota al completo, llevada con prisa y con miedo.

—¡Alarma! —rugió, y su voz cortó la niebla como un látigo.

A los pocos latidos, Alucard apareció en la toldilla, Nocturna reposando sobre su espalda como un juramento. Los ojos del vampiro brillaban con un rojo de anticipo.

—¿Cuántos? —preguntó.

—Demasiados para contarlos dos veces —dijo Lucas—. Y se van todos.

No hicieron discursos. Rictus ya sacaba a gritos a los artilleros de sus hamacas; Gorvax ajustaba su bajo como quien prepara una tormenta; Jirobei y Nicolae afilaban acero sin mirar el filo. Selena, en la corbeta ligera Ignis Mare, dejó que su melena suelta tomara el viento. Alucard levantó la mano; Nocturna se desprendió de su hombro y, en un aleteo de tinta, se convirtió en cuervo.

—Vuela al norte —susurró Alucard—. Encuentra a Thorstein.

El cuervo se perdió entre la bruma. Abajo, los cabos saltaron, los paños se hincharon, y la flotilla de los Immortalis persiguió a los ladrones hacia el corredor del norte. Nadie habló de venganza; ya estaba decidida.

El amanecer reventó como una granada de luz. En el horizonte, docenas de barcos robados avanzaban en oleadas: fragatas, bergantines, balandras armadas, una marea de madera y humo. El Culto de Azrael no quería oro; quería cortar las alas de los Immortalis. Habían robado para frenar su crecimiento, para que el norte dejara de pronunciar ese nombre con esperanza.

Selena fue la primera en morder. Su corbeta se lanzó por delante, bailando entre remolinos. Alzó los brazos, y del aire mismo nacieron brasas que crecieron hasta convertirse en bolas de fuego. Cayeron sobre una línea de balandras como un granizo que prende. Velas encendidas, cubiertas al rojo, hombres que soltaban sogas por puro instinto. Selena sonrió y avanzó a por la siguiente tanda.

Lucas echó el abrigo hacia atrás y dejó que los revólveres descansaran pesados en sus manos. No apuntaba a la masa; apuntaba a la mente de la flota enemiga. El primer disparo destronó a un timonel. El segundo desgobernó una fragata. Dos más, silenciaron a un capitán y a su segundo. Donde Lucas miraba, el orden se deshacía.

—¡Fuego a distancia! —tronó Rictus desde una batería—. ¡Que el mar aprenda nuestros nombres!

Los cañones hablaron en coro. No fue técnica; fue furia dirigida. Las salvas arrancaron mástiles, abrieron ventanas en cascos, convirtieron jarcias en látigos de sombras. El aire temblaba.

Gorvax deslizó los dedos por el bajo y el mar obedeció. Las olas se levantaron del costado equivocado para el enemigo, partiendo su formación, empujando barcos contra barcos, haciendo que cada orden llegara tarde. Una corbeta robada intentó colarse; Gorvax marcó una nota grave y la ola la escupió de costado hacia el fuego de Rictus.

En el caos, Nicolae y Jirobei aterrizaron sobre un bergantines enemigos y barcazas más ligeras como dos presagios. Nicolae, híbrido de lobo y vampiro, crujió al caer; a su alrededor, hombres duros dieron un paso hacia atrás sin querer. Rugió, y su rugido apagó el valor. Entró como tormenta: huesos rotos, colmillo, sangre. Jirobei siguió como una sombra cortante, desarmando al que alzaba arma, cortando escotas, abriendo un camino para apagar mechas con la suela antes de que cantaran. No dejaron prisioneros en esa cubierta; dejaron silencio.

Alucard tocó. La primera cuerda fue una amenaza, la segunda, sentencia. El cielo, oscuro todavía de madrugada, se abrió. Rayos cayeron como columnas azules, buscando hierro, navegando por jarcias y rajando palos con sonido de árbol viejo. Cinco cascos estallaron en astillas y fuego. El vampiro cerró los ojos un segundo: el rostro de Luna parpadeó en su mente como una vela a punto de morir. Abrió los ojos, y el rojo fue furia fría.

El Culto respondió con todo. No eran demonios; eran hombres sin duda. Se alinearon como pudieron y lanzaron salvas cerradas que arrancaron tablones y vidas. Un proyectil barrió la borda de una corbeta varios marineros cayeron al agua como muñecos rotos.

—¡Eso es! ¡Gritad fuerte, que el mar os oiga ahogar! —y volvió a ordenar fuego.

La Ignis Mare de Selena cortaba el humo. Ella sembraba el cielo de fuego: no era un espectáculo, era una estrategia. Prendía los puntos donde el fuego camina solo: paños secos, montones de estopa, barriles rezumando brea. Cada bola que caía doblaba el trabajo de diez artilleros.

El corredor rugía. Y entonces, llegó la respuesta.

Desde el norte, Thorstein levantó la vista; las imágenes le llegaron como recuerdos prestados: Vardthavn vacío, mástiles robados, el rostro de Alucard llamándolo sin voz y la línea de escape del enemigo dibujada como una herida hacia el sur. Las torres de vigía confirmaron con antorchas: el Culto huía con una flota entera.

—Por el hierro y por la sal —murmuró Thorstein—.

Cuatro galeones acorazados —colosos de guerra nacidos para aguantar el mundo encima— viraron hacia el sur. Eran montañas de madera y hierro, con corazones de pólvora. Navegaron a matar.

Los colosos escupieron metralla a quemarropa. Una fragata robada se partió bajo la embestida y quedó clavada como un diente podrido. Otra, sin timón, derrapó contra el costado blindado del segundo coloso y reventó su santabárbara en un alarido de luz. El tercer coloso giró sobre sí y abrió un pasillo de fuego por el que la Ignis Mare de Selena lanzó dos lluvias ardientes que ahogaron a los artilleros enemigos en su propio humo. El cuarto se cruzó bajo una salva: la borda quedó mordida, hombres cayeron, pero el muro aguantó.

Nocturna rugió y el cielo respondió: una cadena de rayos cosió la niebla de proa a popa. Gorvax golpeó una nota que elevó el mar bajo los cascos enemigos y los arrojó contra la andanada de Rictus. Lucas remató timoneles y contramaestres que aún intentaban recuperar el mando, cada disparo un punto final. Nicolae y Jirobei limpiaron las cubiertas menores, dejando senderos de madera húmeda y armas al suelo.

El fuego cruzado se volvió martillo y yunque. Entre la furia hacia el sur y la muralla de Thorstein al norte, los barcos del Culto se quebraron. Algunos arriaron banderas, otros ardieron hasta callar, otros se hundieron con la obstinación de quien no sabe rendirse. Hubo bajas en ambos lados: marineros tragados por olas negras, artilleros sin mano, timoneles que murieron con la vista clavada en el horizonte. Pero los Immortalis no cedieron.

Al fin, el estruendo se volvió eco. Quedó el crepitar de maderas, el jadeo de los vivos, la lluvia fina limpiando la pólvora del rostro. Los colosos de Thorstein se reagruparon con el orgullo maltrecho pero el alma entera. La Ignis Mare, tiznada, aún tenía fuego en la mirada de Selena.

Thorstein se acercó, la barba empapada, los ojos de quien ha visto el abismo y le ha guiñado un ojo.

—Fue una locura —dijo, y se permitió una carcajada—. Pero funcionó.

Alucard apoyó la mano en la borda chamuscada y escuchó el latido sordo del casco. Miró los restos del Culto hundiéndose, escuchó el mar tragar sin ceremonia.

—Nos querían pequeños —dijo al fin—. Hoy aprenderán que no se roba el pulso del norte sin pagar el precio.

La niebla empezó a cerrar el telón. Vardthavn esperaba, herida pero viva. Los mástiles que quedaban se inclinaron al viento como si dieran las gracias. Y, en las listas de la guerra, alguien escribiría que el 17 de noviembre de 1601, en el corredor de Vardthavn, los Immortalis navegaron por esas aguas.