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Thyrgard, la Soberana del Norte
1516 - 459
Convergencia temporal: este suceso ocurre en 1516 dentro de la línea temporal principal; para el personaje, su eco pertenece a 459.

Thyrgard, la Soberana del Norte

Donde los dragones eran tan comunes como las tormentas. Pamela, soberana de los Pueblos Libres del Norte, una líder forjada en la guerra y venerada como una diosa por su gente. Guerrera indomable, estratega brillante y portadora de un corazón de fuego, había unido tribus y clanes que durante siglos vivieron en constante conflicto, guiándolos en su lucha contra bestias y demonios. Cuando Alucard atravesó los portales

Thyrgard - La Soberana del Norte (1516 - 459)

Donde los dragones eran tan comunes como las tormentas.

Pamela, soberana de los Pueblos Libres del Norte, una líder forjada en la guerra y venerada como una diosa por su gente. Guerrera indomable, estratega brillante y portadora de un corazón de fuego, había unido tribus y clanes que durante siglos vivieron en constante conflicto, guiándolos en su lucha contra bestias y demonios.

Cuando Alucard atravesó los portales que conectaban reinos fracturados, llegó a Thyrgard, un mundo donde los dragones reinaban como dioses salvajes.

Desde el cielo, montado sobre un Dragón Errante —una criatura ancestral que lo aceptó solo por instinto— Alucard vio la devastación: aldeas calcinadas, glaciares teñidos de sangre, y en medio del caos… una mujer sola luchando contra una horda demoníaca.

Pamela, Reina de los Pueblos Libres del Norte, desafiaba a criaturas cuya sombra bastaba para congelar el alma. Rodeada, herida, agotada… pero imparable.

Desde los cielos, Alucard observó cómo un dragón gigante —uno de los más antiguos y violentos de Thyrgard— se cernía sobre ella, desplegando alas como tormentas y exhalando fuego devastador sobre las tropas de Immortalis y demonios por igual

El vampiro descendió entre criaturas aladas, saltó del lomo del dragón y cayó en medio del campo de batalla justo cuando Pamela ya no podía sostener su escudo.

El dragón ancestral rugió y lanzó un torrente de llamas que habría reducido a cenizas cualquier mortal en un suspiro.

Pamela lo vio claramente:

Alucard interpuso su cuerpo.

La carne se le carbonizó.

El fuego los envolvió varias veces.

Y aun así no cayó.

Ella recibió un roce de esas llamas, una quemadura en la muñeca que jamás sanaría: pues el fuego de los dragones ancianos deja cicatrices que nunca sanan, un recuerdo eterno de aquel momento.

Ella jamás olvidaría ese instante:

el mundo en silencio, las llamas retorciéndose alrededor, y la figura de Alucard avanzando con una determinación inhumana mientras su espalda se quemaba para protegerla.

El dragón los persiguó por el campo de batalla durante unos instantes pero al ver que no conseguía tumbar a los guerreros se elevó, frustrado, Alucard aún estaba ahí, con la espalda carbonizada, pero vivo.

Pamela nunca había visto algo igual, pero recuperó fuerzas al ver aquello.

Un guerrero como él no había pisado Thyrgard en milenios.

Lucharon juntos:

Ella, con la ferocidad de los clanes del norte.

Él, con la furia fría de un inmortal devastado por siglos de guerra.

Los dragones sobrevolaban la batalla sin lealtad, sin propósito… solo diversión o territorialidad. Algunos mataban demonios, otros humanos, otros entre ellos.

El combate duró unas horas.

Cuando por fin el campo quedó despejado, los demonios huyeron hacia las grietas dimensionales que los habían traído.

Los dragones se retiraron sin mirar atrás.

Como si la guerra nunca hubiera sido suya.

Alucard dolorido con la espalda aún humeante cayó de rodillas, respirando con dificultad mientras la carne quemada de su espalda comenzaba a cerrarse y regenerarse a ojos vista junto a Pamela.

Pamela, incrédula, se acercó y le tomó del hombro.

—¿Qué eres? —preguntó sin temor, solo curiosidad feroz.

Alucard, con voz quebrada, respondió:

—Un vampiro. Pero no como los de tu mundo… soy algo mucho peor.

Se apartó, como si esperara rechazo.

Como si temiera contaminarla con su sola presencia.

Pamela observó la quemadura en su propia muñeca y la comparó con la espalda hecha cenizas de aquel hombre que la había protegido sin conocerla.

—No veo un monstruo —dijo finalmente—. Veo a alguien que eligió el fuego por mí.

Alucard bajó la mirada, incapaz de sostenerla.

Pamela, sin dudarlo, tomó la hoja de su propia espada y se abrió ligeramente la muñeca quemada. Extendió el brazo hacia él, dejando caer gotas de sangre roja sobre la nieve.

—Bebe. Si eso te ayuda a sanar, hazlo. Te lo ofrezco como agradecimiento.

Alucard retrocedió, temblando.

—No… no debo. Podría hacerte daño, es difícil de explicar.

—¿Crees que temo al dolor? —sonrió ella—. Hoy casi me come un dragón.

Alucard mordió la muñeca ensangrentada y quemada de Pamela y, algo cambió.

Primero un temblor… luego un estallido silencioso.

Las heridas abiertas en su espalda empezaron a cerrarse de inmediato, como si el tiempo retrocediera alrededor de él.

Los músculos se tensaron bajo la piel, firme y viva como acero recién forjado.

Las quemaduras negras desaparecieron, sustituidas por una palidez sobrenatural, intacta, perfecta.

Pamela no podía apartar la mirada.

Había visto magia.

Había visto dragones.

Había visto la muerte arrancar reinos enteros…

Pero nunca había visto eso.

Nunca un ser que ardiera en silencio como un dios caído y renaciera frente a ella con tal ferocidad.

—¿Cómo… es posible que existas?

Sus palabras no eran miedo. Era asombro puro. Respeto. Fascinación.

Alucard levantó la mirada, los ojos encendidos todavía por la sangre recién bebida.

Quiso hablar, explicar, disculparse…

Pero se quedó congelado cuando sus miradas se cruzaron.

Pamela dio un paso hacia él, respirando hondo, aún temblorosa por la adrenalina del combate y el calor insoportable del fuego del dragón.

Y sin pensarlo, sin pedir permiso, lo abrazó.

Con fuerza.

Como se abraza a alguien que te salvó la vida dos veces en un mismo día.

Como se abraza a alguien que perdiste hace mucho y volviste a recuperarlo.

Alucard se quedó rígido, perplejo.

Nadie lo abrazaba así desde hacía siglos.

Desde los tiempos en que aún recordaba lo que era el calor humano.

Pero ahora, en mitad de un mundo helado, con la nieve aún chisporroteando por las brasas del dragón, sintió un calor distinto.

Uno que no venía del fuego.

Uno que no venía de su sangre vampírica.

Uno que no sabía que aún podía sentir.

—¿Qué… está pasando? —susurró para sí mismo, sin separarse.

Pamela, con su muñeca aún sangrante apretada contra su pecho, respondió con total naturalidad:

—Nada malo. Estás vivo, Alucard. Eso es todo.

Él cerró los ojos un instante.

Sintió algo romperse y algo reconstruirse dentro de su pecho.

Y supo que aquel momento —ese abrazo, esa mirada, esa mujer marcada por fuego de dragón— viviría en él tanto como cualquier batalla que hubiese librado.

El hielo alrededor se derritió un poco.

No por magia.

Sino por algo aún más extraño.

Por él.

Por ella.

Por un gesto que ninguno de los dos había previsto, pero que cambiaría para siempre cómo Alucard veía a los mortales… y a sí mismo.

Pamela aún lo tenía entre sus brazos.

Podía sentir el frío de su piel… y el calor que había dentro, un calor extraño, casi prohibido.

Por un instante, en medio de la ventisca y de los restos humeantes del campo de batalla, Pamela sintió algo que jamás había sentido por un guerrero:

Una punzada en el pecho.

Un temblor suave.

Algo parecido al amor… o al principio de él.

Pero no dijo nada.

No podía.

No debía.

Alucard dijo:

"Un portal se abrió en este mundo… y mis Immortalis y yo seguimos el rastro del infierno."

Pamela apretó un poco más sus manos sobre su espalda, como si quisiera memorizar su forma antes de que se desvaneciera.

Alucard levantó su rostro hacia ella, sus ojos rojos brillando como brasas entre la nieve.

Pamela tragó saliva.

Quería decirle que él era más que eso.

Quería decirle que ver renacer su cuerpo entre llamas y sangre la había marcado.

Que desde ese instante, algo en ella le pertenecía.

Pero guardó silencio.

Alucard dio un pequeño paso hacia atrás, aunque sin romper el contacto visual:

“Si el fuego vuelve a nacer en el hielo, me oirás entre las tormentas.”

Pamela le ofreció cobijo, comida y un lugar en las montañas.

Pamela dijo:

“En mi mundo, los dragones no inclinan la cabeza.

Pero hoy uno te llevó sobre sus alas… y tú enfrentaste el fuego de uno de los más devastadores para salvarme.

Eso no puedo ignorarlo.”

Alucard respondió:

"Fue instinto.

Algo en ti… me obligó a interponerme.

Y lo volvería a hacer, aunque ese fuego me consumiera por completo."

“Quédate en Thyrgard.” Dijo Pamela

Alucard se detuvo.

La tormenta parecía contener el aliento.

Pamela continuó, sin mirarlo aún:

“No tienes que regresar con los tuyos… no ahora. Aquí podemos darte un refugio. Un clan. Un propósito.”

Alucard inclinó ligeramente la cabeza, esa mezcla entre respeto y dolor que solo él parecía conocer.

“Pamela…”

Ella finalmente lo miró, los ojos temblando sin mostrar debilidad.

“Solo pido un tiempo. Un día. Una noche. Algo que no sea una despedida.”

Alucard deseó decir que sí.

Pero los Immortalis ya estaban demasiado lejos.

El lazo que los unía se tensaba como una cadena ardiente alrededor de su alma.

“No puedo quedarme,” respondió él, con un susurro grave.

“Los Immortalis están trabajando en un artefacto… uno capaz de estabilizar portales en puntos fijos. Si funciona, nosotros… podríamos controlar los cruces sin desgarrar mundos enteros.”

Pamela frunció el ceño.

“¿Controlar portales?”

“Sí. Ubicaciones seguras. Anclajes. Y Thyrgard… podría ser uno de esos lugares.”

Por un instante, la esperanza brilló entre las montañas.

Pero rápidamente se apagó...

La nieve se derritió a su alrededor.

El aire vibraba como si el mundo fuera un tambor a punto de romperse.

Alucard sintió la energía demoníaca clavarse en su pecho.

El portal infernal seguía rugiendo

Pamela desenvainó su arma.

“¿Puedes cerrarlo?”

Alucard apretó los dientes.

“Desde este lado, imposible. Pero si cruzo… puedo intentar romperlo desde dentro. Si se queda abierto demasiado tiempo, podría destruir tu mundo.”

Pamela dio un paso adelante, sin pensarlo.

“Entonces voy contigo.”

Alucard le sujetó la muñeca.

Su agarre no fue autoritario.

Fue desesperado.

“¡No! este portal va directo al averno, aún no sé como cerrarlos de una manera segura y el único modo que se me ocurre ahora mismo es con Nocturna y la energía liberada para cerrarlo destruiría practicamente todo a su paso”

El portal rugió, un alarido demoníaco que hizo temblar las rocas.

Pamela gritó:

“¡Alucard, espera!”

Él extendió la mano hacia ella.

No para alejarse.

Sino para no perderla.

“Pamela, escucha… Si no cruzo, Azrael podría abrir esto en cualquier parte de tu mundo. ¡Tengo que cerrarlo desde dentro!”

“¡Entonces déjame ayudarte!”

“No puedo perderte… no así.”

La energía demoníaca aumentó.

Alucard se puso en frente del portal mirando hacia Pamela.

El suelo se agrietó.

El portal comenzó a engullir cada vez más del entorno.

Alucard fue arrastrado con violencia hacia dentro.

Pamela, con un grito, corrió tras él.

Ella se lanzó justo cuando él estaba siendo engullido por el portal.

Su mano rozó la suya.

Los dedos se entrelazaron apenas un instante.

“¡Pamela!”

“¡No sueltes, Alucard!”

Pero en ese exacto segundo, Alucard, cayó dentro del mismo infierno.

Lo hizo para salvarla.

Lo hizo porque no había otra opción.

El portal colapsó con una explosión de fuego negro.

Pamela quedó a centímetros de la grieta…

la luz roja golpeó su rostro…

y luego se apagó de golpe.

El viento helado la empujó hacia atrás.

Su espada cayó a la nieve.

Y él desapareció.

En el infierno, Alucard, furioso, con los ojos enloquecidos.

En Thyrgard, Pamela quedó arrodillada frente al lugar donde él había estado, respirando como si le hubieran arrancado el alma.

No había palabras.

No había despedida.

Alucard permaneció inmóvil en la penumbra del infierno, con el eco de la explosión dimensional aún retumbando en sus huesos.

El mundo a su alrededor era un océano de sombras vivas… pero él no veía nada de eso.

Sólo veía su mano vacía, aún extendida hacia un portal que ya no existía.

Sólo oía su nombre en la voz de Pamela, repitiéndose como un espectro grabado en su alma.

El silencio ardía.

Entonces algo se quebró dentro de él.

Una vibración sutil.

Un murmullo demoníaco.

Un rastro de magia que no estaba allí antes.

Alucard levantó la mirada.

El infierno estaba sonriendo.

Y lo entendió.

Había sido una emboscada.

Una obra calculada de Azrael y sus demonios.

Una trampa destinada para capturarlo y destruirlo mientras estaba vulnerable.

Su respiración se volvió un susurro helado.

En su mente, como un trueno contenido, Alucard pronunció:

“Una trampa… para darme muerte.

Creyeron que podían arrancarme de mi camino, quebrarme, destruir lo que soy...”

Sus ojos rojos ardieron como dos brasas ancestrales, iluminando la oscuridad infernal.

“…olvidan quién soy.

Y olvidan de dónde vengo, ¡el Descenso Carmesí empieza ahora!”