Jirōbei no Shirogane - La leyenda del guerrero de Jade (1600)
En las montañas envueltas en niebla de un Japón lejano, existía un linaje noble y temido: el Clan Shirogane (白銀 – Plata Pura), custodios de la Técnica del Jade Ancestral, un arte espiritual capaz de herir directamente el alma.
Su deber era eterno: proteger ese conocimiento, mantenerlo puro y asegurarse de que nunca cayera en manos equivocadas.
De ese clan nacieron tres hermanos, destinados a convertirse en mito.
El primogénito fue Takamori, un hombre noble, honorable, líder nato.
En vida, fue el pilar del clan, un samurái cuya presencia imponía respeto incluso entre los enemigos.
Durante las guerras internas de los clanes, Takamori cayó en combate contra hombres de carne, no demonios ni fuerzas oscuras.
Murió rodeado de enemigos, atravesado por lanzas y espadas, pero con la frente en alto y la katana aún en la mano.
Su muerte fue recordada como un ejemplo de virtud: morir como un verdadero samurái, sin miedo y sin mancha en el honor.
El segundo hijo fue Jirōbei, un hombre refinado, calculador y dueño de un temple implacable.
No necesitaba gritar en combate; su silencio era más aterrador que el rugido de un ejército.
Convirtió la espada en extensión de su espíritu y fue reconocido como maestro absoluto del Jade Ancestral.
En el año 1475, Jirōbei combatió junto a su hermano menor (Daizen) en lo que luego sería recordado como la Batalla del Vórtice de las Almas.
Aquella guerra enfrentaba clanes humanos, pero las fuerzas de Mordrek y Azrael, al experimentar con portales, desgarraron el tejido de la realidad.
El campo de batalla se abrió en un torbellino espectral. Guerreros caídos fueron absorbidos por el vacío.
Allí, Jirōbei vio con horror cómo su hermano menor desaparecía ante sus ojos.
Desde ese día, Jirōbei fue recordado como el Guerrero Implacable del Jade, el hombre que sobrevivió al Vórtice pero cargó para siempre con la pérdida de su hermano.
El más joven de los tres fue Daizen, el halcón ardiente del clan, valiente, temerario y con una voluntad inquebrantable.
En la Batalla del Vórtice de las Almas (1475), Daizen fue devorado por la grieta dimensional.
El clan lo lloró como muerto, y su nombre se convirtió en susurro trágico entre generaciones.
Pero la verdad fue más cruel:
Daizen no murió, sino que fue arrastrado a otra dimensión, donde fue corrompido y reconstruido como guerrero esquelético, condenado a vagar en mundos ajenos bajo el nombre de Rictus, (apodo que Alucard Aris le dió)
Un rugido sobrenatural atravesó el valle. El suelo tembló, y la niebla se tiñó de verde y negro.
Un remolino de fuego espectral emergió en mitad del campo, tragando tierra, rocas y cuerpos.
En medio del caos, Jirōbei vio cómo su hermano menor Daizen (Rictus) fue alcanzado por la grieta.
Jirōbei corrió hacia él, extendiendo la mano para sujetarlo.
Por un instante, sus dedos casi se rozaron.
Por un instante, parecía que la voluntad de los hermanos sería suficiente para desafiar a los dioses.
Pero no lo fue.
El Vórtice lo arrancó del campo de batalla. Sus ojos se encontraron con los de Jirōbei en un instante eterno… y luego desapareció.
No hubo cuerpo. No hubo tumba. Solo vacío.
Ese día ningún clan ganó la batalla, no hubo gloria, se tornó en tragedia, pues muchos guerreros jamás fueron hallados.
Jirōbei fue marcado como el Guerrero Implacable del Jade Ancestral, el hombre que sobrevivió al Vórtice.
La guerra dejó de ser guerra. Se convirtió en un sacrificio.
Los clanes se retiraron en silencio. Nadie cantó victoria, nadie reclamó triunfo.
El valle quedó marcado, cicatrices en la tierra como heridas abiertas.
Aquel día aprendimos que no todas las guerras se libran entre hombres.
Aquel día nació la leyenda del Vórtice de las Almas, un lugar donde los muertos no descansan.
El viento agitaba los cerezos del Templo Shirogane, donde la llama del Jade Ancestral aún resistía. Jirōbei, un guerrero de élite de vida prolongada debido al Jade Ancestral, meditaba en silencio. Habían pasado más de ciento veinte años desde la Batalla del Vórtice de las Almas (1475), pero para él el recuerdo seguía vivo: el instante en que su hermano menor, Daizen, desapareció tragado por el vacío.
Ese recuerdo lo perseguía cada noche, como si el tiempo no hubiera pasado.
De repente, el aire se quebró. El cielo rugió, y un portal de fuego se abrió en el patio del templo.
De él emergió una figura envuelta en sombras y brasas: un guerrero esquelético, con la mirada vacía pero ardiente de voluntad, con un atuendo de armadura de placas gruesa con la inscripción "Immortalis" brillando como brasas en el pecho.
Jirōbei se puso de pie, Katana de Jade en mano, su respiración contenida ante lo que veía.
—¿Qué aberración osa profanar este lugar sagrado? —tronó, avanzando un paso.
El esqueleto alzó la cabeza, y por un instante pareció confundido, como si buscara algo en la niebla de su propia mente.
Su voz salió quebrada, como un eco atrapado entre mundos:
—Yo… ¿quién soy…?
Jirōbei entornó los ojos. No necesitaba palabras. El aura que brotaba de aquel ser era inconfundible: la energía del Jade Ancestral vibraba en sus huesos, como un río subterráneo imposible de extinguir.
Era el mismo pulso que había compartido con su hermano menor en el campo de batalla, tantos años atrás.
Jirōbei bajó lentamente su espada, los labios temblando.
—Daizen… —susurró—.
La criatura se llevó una mano al cráneo desnudo, como si un rayo le desgarrara desde dentro.
Y entonces la memoria regresó.
Flashazos: la batalla del Vórtice de las Almas, el vacío arrastrándolo, los dedos de Jirōbei intentando sujetarlo, y el grito ahogado en el torbellino.
Un nombre resonó como campana: Daizen.
Sus ojos ardieron más intensos, y su voz se tornó firme.
—Sí… Hermano… ¡soy yo!
Jirōbei dio un paso atrás, con el corazón quebrándose entre incredulidad y certeza.
El jade ancestral de su katana vibraba, confirmando lo que su mente aún no podía aceptar.
—Han pasado más de ciento veinte años… Te di por muerto. Te lloré.
Rictus —Daizen— asintió con dolor.
—Morí… y renací en la oscuridad. He vagado entre mundos sin recordar quién era. Pero al verte… y sentir el poder del Jade Ancestral la memoria despertó.
El suelo tembló bajo sus pies. El aire se llenó de un hedor fétido.
Rictus —Daizen— alzó la cabeza, mirando hacia las montañas.
—No hay tiempo, hermano. Escúchame: tu mundo está condenado. La oscuridad que me arrebató está aquí. Vienen a por ti, por el templo… ¡por todo!
Un rugido demoníaco retumbó en la distancia. El cielo se ennegreció.
Los tambores de guerra anunciaban la llegada del general demoníaco y su ejército.
Jirōbei apretó el puño sobre la empuñadura de la Katana de Jade.
Ya no había dudas. Había encontrado a su hermano… pero también había llegado la hora de perderlo todo.
Pero el suelo comenzó a vibrar, y un rugido demoníaco atravesó las montañas.
Jirōbei alzó la katana y apretó los dientes.
—Entonces levántate conmigo. ¡Nos prepararemos para combatir! Defenderemos este lugar, como lo juramos de niños.
Rictus lo miró, el fuego ancestral de jade en sus cuencas danzando con tristeza.
—No, hermano… es imposible. Son demasiados. No lo entiendes… no hay tiempo.
—¡Siempre hay tiempo para luchar! —replicó Jirōbei con furia contenida.
El esqueleto negó con la cabeza, su voz cargada de un dolor milenario.
—No puedo explicarlo ahora… pero el destino ya está escrito.
No hubo tiempo para más. El suelo tembló. Los muros del templo retumbaron como si el mundo se quebrara en dos. Un rugido colectivo desgarró la noche, y el cielo se ennegreció en segundos.
Miles de demonios emergieron de grietas abiertas alrededor del valle, devorando las primeras torres del santuario.
El caos había llegado, sin tregua ni aviso.
Las hordas eran incontables. Cada paso era una carnicería.
Jirōbei cortaba con precisión quirúrgica, sus tajos de jade dejando cicatrices en las almas de los demonios, marcas que ni la muerte podría borrar.
A su lado, Rictus destrozaba con brutalidad implacable, cada hueso suyo vibrando con la furia de lo que había perdido.
Avanzaron entre mares de garras y dientes, luchando hombro con hombro, como si los siglos de separación nunca hubieran existido.
El templo ardía tras ellos, reducido a cenizas bajo la marea oscura.
Al fin alcanzaron un claro, un espacio de tierra fracturada donde la presión del enemigo cedía apenas un instante.
Ambos jadeaban, rodeados de cadáveres demoníacos que aún humeaban.
Jirōbei giró hacia su hermano.
—Dime la verdad, Daizen. ¿Qué está pasando? ¿Qué son estas criaturas?
Rictus bajó la cabeza, con el fuego en sus ojos ardiendo más intenso.
—No hay tiempo… pero lo sé: estas son las mismas sombras que me devoraron hace más de un siglo. Ahora vienen por tu mundo.
De pronto, el aire volvió a quebrarse. Otro portal de fuego rasgó la realidad, y de él emergió una figura oscura, con ojos rojos como brasas: Alucard Aris.
Su guitarra, Nocturna, vibraba entre sus manos, emitiendo un acorde grave que estremeció el suelo.
Jirōbei y Rictus se fueron con el portal de Alucard hacia la fortaleza de Los Eternos, donde le explicaron todo lo sucedido, acto seguido Jirōbei no dudó en formar parte de los Immortalis y luchar siglos después junto a su hermano una vez mas.
El mayor, Takamori, murió como héroe humano.
El segundo, Jirōbei, vivió para convertirse en un guerrero legendario, implacable y eterno en la memoria.
El menor, Daizen (Rictus), fue reclamado por la oscuridad, solo para regresar siglos después convertido en un inmortal y volver a luchar junto a su hermano.